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Sería muy osado por mi parte escribir sobre lo que representa el jugador francés para el aficionado del Arsenal, puesto que los simbolos nacen en un proceso de introspección, nunca de imposición. Trataré de exponer una única idea.

 En el imaginario colectivo

La decisión fué relativamente rápida y las tres partes: Arsenal, NYRB y Henry llegaron a un acuerdo. Todos se beneficiaban del mismo, el riesgo sólo podía medirse en términos de prestigio. Pese a ello, las críticas no tardaron en desatarse. Unas justificadas, otras no tanto. Las más suaves hablaban de Henry como un “ex-futbolista” y añadían: “¡Está de vuelta y media, jubilado en la MLS, cómo va a poder ayudar al Arsenal!”. Negar que sólo podemos encontrar sensanciones y recuerdos del Henry superior que marcó una época en el fútbol europeo es faltar a la verdad, ¡pero qué recuerdos!.

A Tití le falta gasolina. Es indudable. Su primer impulso ya no es vertical porque las piernas son traicioneras y la velocidad con la que ejecuta sus movimientos no es ni el reflejo de la que poseía hace una década. Pero eso no puede limitar el análisis, si escarbamos tenemos que encontrar más. ¿Desde cuando prejuzgamos lo que pueda llegar a aportar un jugador equiparando el fútbol a la plenitud física? El fútbol se piensa.

Lo verdaderamente importante en el final de de su carrera profesional es administrar los esfuerzos tratando de incidir en el funcionamiento colectivo como factor coyuntural, no como foco de atención. Y ahí es dónde entra la autogestión del propio ego. En mes y medio ha conseguido cerrar el círculo: una circunferencia iniciada con las galopadas más estéticas ejecutadas con la precisión de un cirujano y rematada con la intuición del que ha luchado en mil batallas y vislumbra los entresijos del área en su cabeza.

Su cuerpo añora un pasado de libertad, desasosiego y zancadas exageradamente amplias. Son movimientos tan característicos que tu imaginación seguro que ya los ha automatizado: dibujas un terreno de juego, a Henry acostado en el perfil izquierdo y se desencandenan una sucesión de fotogramas en los que, tras una vertiginosa carrera, el balón acaba reposando en la red después de un golpeo cariñoso con el interior del pie derecho. El palo evidentemente es el más alejado del balón y el estadio es Highbury porque en ese instante de agitación colectiva los aficionados pueden tocar con sus propias manos al delantero francés. Sonries recordando un pasado que se disfrazó de presente durante un mes y medio delicioso.

Si es así, si te sucede algo similar, bienvenido al club: te ha dejado marcado. Yo nunca voy a poder olvidarlo.